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domingo, noviembre 05, 2006

Agradecimiento

Agradezco los comentario por E-mail acerca de el contenido de la paginiya.
Y contesto que sí, hay un final, (adelanto) que consta de dos partes, pero que no es el momento de escribir, agradezco también la comprensión por la espera.
Un saludo a tod@s.


Gnomofonimo

miércoles, julio 12, 2006

Azabel (tercera parte) Capítulo VIII


A medida que Azabel ingresa crece su perplejidad. El corazón del Cristo cósmico es un templo de fuego con forma de esfera. Infinitas enormes columnas de lenguas vivas de fuego, arden en todas las direcciones a partir de la masa ígnea del núcleo y sostienen arcos y cúpulas puntiagudas de llamas que permanentemente oscilan. Cada capitel es una flor que abre su cáliz de donde brota crepitando la corola donde apoya su extremo el arco cupular. No existen paredes sino cortinas de fuego que asemejan tibias y suaves cataratas de agua y seda. En aquellas cortinas tienen lugar diversas escenas vivientes de presentes, futuras y pasadas navidades.

Azabel reconoce en una de las escenas las calles atestadas de multitudes apresuradas por adquirir regalos, alimentos, bebidas en medio de una atmósfera sofocante en la que suenan villancicos, bocinas, pregones. La gente compra nacimientos, arbolitos y guirnaldas para engalanar sus casas. Compran todo lo que pueden, tanto los que tienen como los que poco tienen. La cuestión es llenar la noche buena con una alegría sin fondo, de purpurina, plásticos y estaños. Una alegría sin luz, en la que sólo brillan los foquitos de colores. Arreglan pesebres y pinos y cantan canciones que no entienden. Pero es navidad, es noche buena y se la debe festejar, aunque sin entender, sin comprender que tan solo deberían abrir sus corazones y esperar como niños un regalo del cielo. Luego ve Azabel las futuras navidades, donde la frívola emoción de las navidades presentes ya no existe. Ve guerras y sangre. Ve violencia despiadada. Ve terremotos, maremotos y vendavales por doquier. Y piensa entonces que la navidad era una fiesta destinada a desaparecer y olvidarse. Sin embargo, al continuar la visión, ve cómo después de tanto sufrimiento grupos de gentes se reúnen en las noches de navidades futuras más lejanas y entre escombros, ceniza y humo, sin regalos ni comidas ni bebidas, se toman de las manos, levantan sus ojos al cielo y esperan humildes su regalo de navidad.

Conmovida Azabel, ve cómo cambia la escena hacia las navidades pasadas, donde todos los pueblos de su planeta festejan este acontecimiento cósmico de la navidad. Sabios y sacerdotes. Incas, aztecas, mayas, chibchas, cheyennes, derviches. Observan con atento interés el cielo, con el propósito de presenciar las posiciones de los astros que anualmente señalan el fin de un ciclo y el inicio de otro nuevo en el solsticio de verano del hemisferio llamado sur, a fin de recibirlo con fiestas. Ve también otros pueblos y culturas festejando el año nuevo y que cantan a una maravillosa estrella, o a los países nórdicos cuyos pueblos vigorosos, bajo bosques de pinos cubiertos de nieve, contemplan esa noche los astros brillantes entre sus ramas siempre verdes cuajadas de piñas. Y más remotamente ve el festejo del nacimiento de los gemelos en la era de Géminis; o aquella otra en la que la humanidad sabía que Apis, el Toro sagrado, aguardaba con alegría a que su esposa divina dé a luz al ternerillo Kabir y festejaban todos el nacimiento del dios. Y la de Aries en que se festejó la llegada del Cordero de Dios. Y otras tantas cuya memoria perdida en el tiempo, muestra las fiestas celebradas por este acontecimiento bajo infinitas concepciones, de diversos pueblos y culturas de las humanidades de todo el universo.

En suma, Azabel ve que todo es fuego allí. Fuego en su aspecto más excelso. Fuego constructor. No quema, no calcina, no hiere. Sino que cura toda herida, emociona y armoniza: sobre los patios empedrados con piedras negras como el hollín y rojas como brasas, entre las que corre un río de lava vivificante, caminan los cristos en número infinito. Visten túnicas sencillas de color marfil y mantos escarlatas. Todos son idénticamente iguales. Todos tienen la apariencia del Cristo. En todos ellos se ve en sus pechos el fuego y la luz de sus corazones encendidos.

A todo esto, desde que ingresó en el templo, Azabel percibe un coro que entona en un cántico sublime, música de estrellas. El templo no tiene escalinatas ni pisos pero las esferas dimensionales se penetran y compenetran entre sí sin confundirse. Y cuando Azabel concentra su atención en aquella música, surge ante ella un coro de cristos tomados de las manos formando una cadena, cantando de pie sobre el núcleo solar donde palpita la masa del fuego en sincronía y compás con el corazón de cada uno de ellos, a un punto en que no puede precisar si el centro ígneo vive por el palpitar de los corazones de los cristos, o si éstos viven por la palpitación de la masa solar. El verbo que se modula en las laringes es tan poderoso, contiene tanta voluntad creadora y tanta imaginación que logra forjar con cada nota átomos crísticos, que saltan como chispas a los golpes de un martillo sobre el yunque del silencio.

“Aquí está- dice entonces el corazón de Azabel-, éste es el sitio donde se crean los gérmenes del hombre solar que luego habitarán la simiente humana. Estos con los átomos que congregados por cualquier ser humano con esfuerzo concientes y padecimientos voluntarios, cristalizan al Cristo en su corazón.”

Dicho esto percibe el canto de otros coros. De pronto ve que en toda la amplitud de un patio que se abre al infinito una cadena de cristos emite ondas de amor con el propósito de preparar al universo para la celebración de la navidad.

Los átomos crísticos forjados en el corazón solar, ascienden ardiendo por las columnas que cruzan, desde sus pedestales apoyados en el núcleo, los salones dimensionales y luego de flamear en las cúpulas e impulsados por el verbo de los coros, se irradian hacia los últimos confines del universo.

Y es que desde el principio de la creación la fuerza crística emana su rayo de amor conciente, de rebeldía y de cambio sin descanso. Esa fuerza remueve, conmueve y promueve inquietudes espirituales de fe, esperanza y amor. Esas cadenas forman parte de los rituales que los cristos celebran cada navidad en el Sol Central del universo, con el propósito de enviar fuertes impulsos a las humanidades para que nazca el Cristo en los hombres más maduros y despiertos y para que en los demás nazca la rebeldía conciente y el ansía de una vida espiritual superior.

Repentinamente se hace un silencio solemne. Los cristos se congregan y se inicia la celebración de la navidad ritualizada por el Cristo Cósmico, en altar de fuego del templo. Estupefacta, Azabel ve que aquellos cuerpos crísticos se encandecen y resplandecen emanando de ellos, un rayo que forma una estrella de suprema conciencia, que al viajar por el espacio cambia su forma en la de un bello niño, imagen de la pureza y la inocencia de los valores íntegros y completos, originales, plenos de su bondad natural.

Esta realidad es proyectada como una visión viviente a todos los planetas, donde

moran humanidades y a todos los individuos en el fondo de su corazones y en

cada uno se abre un pesebre en la gruta de su psiquis, donde aquel niño reposa

bajo el cuidado de su Madre, aspecto femenino de profunda pureza y de su

Padre, fuerza masculina de elevada verdad. Cerca de ellos dos bestias, un asno y

una vaca, simbolizan la densa y animalesca naturaleza, a cuyo aliento calentada

se supera la criatura divinal, más allá de la mente y la emoción triviales que

aquellas representan, ahora dominadas y domesticadas.

“He ahí el Niño Dios – exclama el corazón de Azabel-, hijo del Espíritu Santo, nacido de una mujer inmaculada, sin pecado original. Éste es el Hijo del Hombre, Dios hecho carne, acostado en la paja del pesebre de un establo, porque el Hombre Solar nace de humilde materia, porque es la humildad la clave de toda virtud y de toda sabiduría.

Y este es el momento en que llegan los pastores conduciendo sus ovejas y que vienen siguiendo la estrella que se posa sobre el establo.

“Estos son los hombres – continúa hablando el corazón de Azabel- que guían rebaños de aprendices y fieles hacia el nacimiento del Cristo. Son seres atentos, vigilantes, generosos y despiertos que saben reconocer el brillo de la estrella en quien está encarnada”.

Entonces el rostro de Azabel se ilumina de felicidad y resplandece con la luz de los cristos cuando su corazón es inundando por un poderoso impulso de fe, esperanza y amor que la eleva por entre las columnas del templo, mientras escucha que la voz que habla en ella dice:”Éste es el regalo que en esta fecha se hace a los niños, a los seres sencillos y humildes: un átomo crístico nace para cada uno en el establo de su corazón. Por eso los humanos se felicitan y aunque sin comprender la verdad que encierran sus palabras, se abrazan y dicen. “Feliz Navidad” y se alegran del obsequio que han recibido, de lo que está naciendo en ellos. Y se sienten buenos, generosos y exaltados.

Pero ¡ay! Este niño que nace es el que habrá de morir en poco tiempo, incluso esa misma noche buena, crucificando en los maderos de la materialidad y la maldad de casi todos… Y sin embargo es también este mismo niño, el que después de haber sido clavado y muerto en una cruz resucitará triunfante al tercer día y resurgirá como el Ave Fénix de entre sus cenizas y será inmortal. Y vivirá y reinará en la creación por la toda la eternidad. Tal es el legado divino para todos los hombres. Ésta es la navidad: un regalo y un llamado a nacer, herencia divina que pertenece a todas las humanidades de la creación”.

Y en ese momento, se escuchan tres profundos golpes en todo el universo.

domingo, julio 02, 2006

Azabel (Tercera parte) Capítulo VII


A medida que se aproximan, Azabel ve que oleadas de seres alados convergen junto con ellos hacia el Sol, que a la distancia tiene la apariencia de un dragón de sabiduría cuyo aliento inflama e ilumina el universo. De pronto ocurre un fenómeno sorprendente, las oleadas de seres alados que se acercaban al Sol, ahora se alejan y más bien parecen esferas luminosas que difunden luz en todo el universo que ella alcanza a contemplar. Y ve también que la onda que se irradia, sólo cesa cuando la imagen del dragón, se ha desintegrado al expandirse sus átomos por todas las regiones del cosmos y nuevamente las esferas navegan veloz y ordenadamente hacia el núcleo solar, hasta que se integran en una unidad que Azabel ve que asume la forma de un león coronado, de poderoso aspecto que ruge y camina.

Entonces pregunta: “¿Qué es esto?, y se vuelve hacia su Padre esperando respuesta. Pero su Padre no está y ahora ella vuela sola llevada hacia el león resplandeciente convertida también en una esfera como las otras. Entonces desde su corazón surge la respuesta a la interrogación que formulara: “Es el Cristo”, y comprende en este instante que para ella todos los velos caen y vive en su interioridad la conciencia despierta de todas las cosas. De pronto nuevamente las esferas se alejan expandiendo la luz, mientras el león se desvanece infundido en el cosmos entero en una nueva palpitación del Cristo. Y Azabel, confundida con las demás, llevada por la onda expansiva, sabe que de todas maneras, siempre se aproxima al centro que anhela alcanzar con sus compañeras. Entonces se formula en su ser otra interrogación: “¿Qué son estas esferas que sin cesar llegan al Cristo y sin cesar parten de él?” Y nuevamente todos convergen hacia el Cristo siguiendo su propia huella y al reunirse asumen la forma de un tumulto de nubes, del que brotan dos pegasos blanquísimos, que arrastran un carro de fuego en el que de pie, Apolo sujeta con fuerza las bridas. Y la respuesta que adviene en su corazón es más asombrosa: “Son almas que han encarnado al Cristo Cósmico y que llegan de todos los planetas de las infinitas galaxias y de los remotos e ignotos cosmos”. Y nuevamente Azabel, se siente invadida de una energía eléctrica de naturaleza crística, que despierta en ella el conocimiento absoluto y sabe que ese pleno conocimiento está en todas las esferas y por eso se unen bajo formas distintas pero emblemáticas. Y cuando el carro de Apolo inicia el recorrido del arco de su manifestación, Azabel comprende que más allá de las imágenes cabalísticas, está ante la creación más excelsa de los dioses, está ante el Hijo del Padre. Y encuentra nuevamente en sí un saber tan completo y profundo cuando otra pregunta nace en ella inconteniblemente: “¿Y para qué ha creado la Divinidad al Cristo?”¿Cuál es el objeto del Cristo en el universo?” Y cuando Apolo ya culmina su recorrido, el alma siente que la respuesta brota en ella: “El Cristo es la verdad manifestada en el Verbo, que armoniza y embellece al universo. Las esferas de átomos cristónicos que se irradian por todas partes, transportan la fuerza del amor que alimenta al Todo y traen luego el amor del Todo como sostén del Hijo cósmico”.

Pero ya la irradiación de las esferas, descompone la imagen del carro solar de Apolo y del arco que ha trazado y ahora se alejan nuevamente pletóricas, rebosantes de amor hacia los confines del cosmos.

“El Cristo está en los átomos, en las partículas, en las células, en los minerales, en las plantas y en los humanos – dice la voz que habla en el corazón de Azabel-. Por eso el hombre que encarna al Cristo es capaz de gobernar el universo. Y ese es el Hijo, el Verbo hecho carne. Muchos en tu humanidad lo encarnaron, como Quetzalcoatl, Buda, Zoroastro, Krishna, Ñanderiqueí, Jesús, los más excelsos entre muchos, aunque no más gloriosos, y todos ellos fueron hijos del hombre, porque advinieron al hombre en virtud del esfuerzo humano, hijos del hombre porque cada uno nació de sí mismo; e hijos de Dios porque nacieron de las bodas del Padre y de la Madre divinos. Y el cuerpo que engendra al Cristo con sacrificios voluntarios y tremendos súper esfuerzos, es el cuerpo humano, porque sólo en éste, los dioses han depositado la simiente en la que vive el germen del Hombre Solar”.

Y Azabel se percata que otra vez convergen las fuerzas hacia un vórtice de energía emocional, que toma la apariencia de un hombre formado de infinitas estrellas, constelaciones y galaxias y que camina por el espacio infinito.

- Cuando los coros de dioses cosmocratores creaban el universo con el Verbo, tenían en sus mentes la imagen del Hombre. Y el Hombre, el Adán original, es el objeto final de la creación. Toda ella es en el fondo la creación del Hijo, del Hombre. Y ese Hombre camina hacia el Absoluto en forma inalterable e inevitable desde el primer día que salió de su seno. Por eso es que su andar es un eterno retornar”.

Y al comprender todo esto, Azabel por fin penetra en el corazón del misterioso caminante del cosmos.

Pero justo al ingresar comprende también que todo el saber despertado en ella, es sólo el débil reflejo de la sapiencia inconcebible, que mora en el seno del Cristo. Entonces florece en ella la más completa humildad, porque es así, comprende en ese estado de suprema humildad, como se debe dar y se puede recibir y es así como acontece el eterno latente palpitar de los cristos, que son el corazón del universo.

viernes, junio 23, 2006

Azabel (Tercera parte) Capítulo VI


El Dios vuela con poderoso ímpetu. En la palma de su mano sostiene a Azabel, su alma humana, que viaja de pié mirando el paisaje.

- Yo soy Eloah – escucha ella, pero también percibe que la voz viene de su pecho y se modula en su laringe. Y se asombra. ¡”Qué maravilla! – Piensa- ¡Suena a la vez ese nombre a Jehová, Eloim y Alá!”.

- No importa el nombre que me den - dice el Padre, mientras deposita a su hija en una roca en el centro de un desierto-. Soy el Ñanderuvusú de los guaraníes, el Wirajocha de los incas, el Otán de los chimús y el Odín de normandos. Esos nombres, nombran algunas de mis infinitas manifestaciones. Soy en realidad, la fuerza masculina. Dios como Padre. En mí tiene su fuente la sabiduría y la voluntad conciente. Yo fecundo el fuego, la tierra y las aguas y engendro la vida por doquier. Poseo el conocimiento absoluto, la inteligencia de los secretos de la naturaleza y el poder para crear. Soy la sabiduría misma. Siendo padre de todo cuanto existe, existió y existirá, lo soy también de la madre, de la que, sin embargo, soy hijo a la vez. En mí está el origen de todo; y todo llega a ser por que Yo lo creo con mi ciencia y voluntad. Por eso es que mi placer está en crear. Soy el Padre y la piedra, fuente inagotable del agua de la vida.

Azabel mira al dios y considera su aspecto. Erguido sobre las arenas del desierto es tan enorme como una montaña coronada de nieves eternas. Lleva un turbante blanco sobre la cabeza. Su rostro es sereno, su frente amplia y en ella brilla una luz en la que el alma reconoce un misterioso saber. Sus ojos grandes y profundos como mares. Se cubre con una túnica blanca. Calza sus pies con sandalias doradas.

- No repares en mi aspecto – dice Eloah-. Soy un rayo de luz que surge del Absoluto. Me muestro así ante ti para que me concibas con la forma que te es más familiar. En realidad no tengo imagen. La imaginación cabe en mí por que Yo la he creado y por lo tanto está en mí, pero ella no me puede contener ni me puede imaginar en toda mi magnitud.

- ¿Cómo engendras la creación? – se atreve a preguntar Azabel.

- Creo primero el Verbo –dice el Padre con evidente placer por la iniciativa de su alma humana-. Y con el Verbo creo el silencio y el espacio. Creo el oído que en el silencio escucha al Verbo. Creo tierras y aguas que obedecen mi voz. Creo cuerpos. Creo ojos que ven mi creación y manos que me ayudan a crear más. Creo vastedades, regiones y caminos que unen y pies que transitan esos senderos. Hago fecundas las tierras y siembro en ellas mis pensamientos y cuando brotan, habito en ellos como en templos porque todo cuanto creo es mi morada.

“Siendo el creador de los caminos, de la oscuridad y de al luz que brilla en ella, soy la doctrina viva, la única guía que buscan los caminantes para cruzar este desierto. Y como el universo tiene mi Verbo y mi ser como fundamento, soy la Verdad. Estoy más allá de la razón. Pero la razón está en mí porque nada existe fuera de mi Ser. Yo la he creado como es: débil, efímera, limitada. Por lo tanto te aconsejo: utilízala pero no te apoyes en ella.

- ¿Y porqué creas?- continúa interrogando inquieta por saber Azabel.

- Porque soy ignoto para mí mismo – responde el Ser- . Creo para conocerme. Cada creación que emprendo y realizo es única, original y me muestra un aspecto más que desconocía de mi infinitud. Por eso soy la voluntad misma. Para crear. E incluso para dejar de crear y descansar. Cuando creo se inicia un Día Cósmico. Y cuando descanso llega la Noche. Con cada creación aumenta mi saber y la luz del Ser se expande en la oscuridad del Ser.

“Así soy la ley, la voluntad y el saber. Soy la libertad”

- ¿Y porqué me has traído a este desierto?

- Para que veas y comprendas – responde Eloah-, que estás sola en el mundo como en un desierto. Y así como tú, cada alma está sola porque cada cual es diferente. Para que experimentes, además que a pesar del desierto Yo estoy siempre contigo, porque soy la Verdad y encarno en ti así como tú encarnas en mí. Para que veas también que a pesar de sus diferencias los hombres pueden comulgar y reunirse en la verdad. Porque sólo la verdad los hace libres y sólo la verdad no hace distinción entre los seres y es una sola para todos. Soy Padre de muchos hijos y cada quien habita su desierto y vive su soledad, pero si tiene la fuerza y la humildad de pisar y aniquilar su soberbia, sus errores, sus opiniones personales y de concebir y aceptar la verdad, adquirirá el peso de lo verdadero, encarnará mi realidad y se unirá en mi con sus iguales. No me busques en otra parte sino en ti misma, en tu corazón. Aprende en tu desierto y en tu silencio a reconocer mi voz y obedece mi guía. Así serás libre, porque la Verdad no sirve a nadie. Cuida y vela con celo porque nadie, a no ser la verdad, entre en tu soledad. Porque hay muchos que se dejan acompañar por sombras vanas y se alejan con ellas y se pierden en una soledad aterradora en la que sólo hay llanto y rechinar de dientes. Pero quiero que sepas que también, Yo he creado el error y hago que las almas experimenten el dolor de extravío y así, conociéndolo, vuelvan sus ojos y sus pasos hacia el origen de donde salieron, conteniendo el conocimiento que buscaban. Y sabias en el error, reinen con excelsitud sobre su libre albedrío. Se requieren seres libres y verdaderos, que con su ejemplo sean seguidos por muchos otros, a los que conduzcan durante siglos por los desiertos del mundo hacia las tierras prometidas por mí. Así que no busques ni aceptes ninguna otra doctrina que no sea la verdad comprobada por ti y en ti misma; por que si no, seguirás el camino de la mariposa que infinitas vueltas da y en el mismo lugar que estaba se posa. Y ante esto sé sincera, sé fuerte con tus debilidades, caiga quien caiga, pese a quien le pese. Así caminarás por este desierto guiada por mi voz hasta que se cumpla el destino que te tengo señalado.

- Te suplico, Señor – exclama Azabel conmovida por el Verbo de su Padre-, muéstrame cuál es el destino que me tienes deparado.

Entonces el dios convirtiéndose en águila extiende unas alas de plumas doradas y remonta el vuelo. Y Azabel se ve también transformada en una joven e inexperta paloma, que aleteando con esfuerzo y alegría junto a su Padre, vuela con rumbo al sol.

miércoles, junio 21, 2006

Azabel (Tercera parte) Capítulo V


Azabel y su madre se sientan en una gran peña, en la falda de un alto monte, desde donde se contempla la vastedad del valle hasta el horizonte y la cúpula infinita del cielo nocturno.

- Azabel – dice ella-, nada podría existir si en mi Ser no crease el espacio en cuyo vientre el universo vive. En este seno se gesta eternamente el devenir con que la luz se manifiesta. Es en mi vientre, en mi espacio y en mi suelo donde siembran los dioses de su anhelo. Mi amor acoge esa simiente y crea los reinos que en forma permanente revisten de cuerpos su desarrollo y maduración constante. Soy así, la naturaleza que en su entraña mezcla sus elementos y pare la muchedumbre de criaturas que me llaman Madre. Nacen de mi vientre, maman de mi seno y a mi seno vuelven para descansar. Yo soy la tierra oscura, original y caótica, fecunda y profunda a la que el hombre de los Andes llama Pachamama, los griegos Hera, Astarté los fenicios, los egipcios Isis, y otros María, Tonantzín, Teteoinan, Rea, madre del Cristo del cosmos. En mí se resumen todos los aspectos de todas las diosas existentes, a cuyas infinitas manifestaciones los hombres han puesto diversos nombres. Yo soy todas ellas.

Dichas estas palabras con acento conmovedor, calla la Madre y en el silencio puede Azabel ponderar con emoción, la profundidad de lo que ha escuchado.

- De mi materia están hechos los hombres – sigue hablando la diosa-, por lo tanto en cada uno estoy como Madre Particular. Yo tejo laboriosa el tejido celular de sus cuerpos en el embarazo. Y encierro la esencia en la naturaleza de cada cual, como a niño que llevo en mis brazos y mama prendido a mis pechos. Y a lo largo de la existencia efímera, le enseño e infundo los rudimentos de mi ciencia, estimulo y educo sus impulsos y en sus derrotas consuelo su corazón adolorido y reanimo su esperanza. Corrijo sus errores, castigo su soberbia y sus excesos y ante la ley objetiva defiendo su destino, con el fin de ofrecerle nuevas oportunidades. Jamás desoigo sus súplicas y como saben todos los que me conocen, me adelanto al clamor de mis hijos. Estando más cerca de ellos soy la intercesora y abogada de sus causas. Transito sin descanso la senda larga que existe entre el hombre y Dios, llevando y trayendo oraciones y dones. A mí me invocan los hijos en su lucha, porque de mí huyen los demonios. Yo soy el Eterno Femenino que pisa la cabeza a la serpiente. Y escucho al que me pide matar sus demonios que con esfuerzo ha descubierto y comprendido en su interioridad. Tomo entonces la lanza y la espada, decapito al enemigo y reduzco su cuerpo a polvareda cósmica. Por eso también me llaman Kali, la Diosa de la Muerte. Y Atenea, sabia y guerrera. Y al fin acojo en su vejez, al cuerpo agotado que reduzco a polvo para que (así como los campos descansan después de la cosecha) llevado por el viento y mojado por las lluvias se fertilice hasta que convocado por mí, forme otro cuerpo, escuela otra vez para la Esencia. Y así, como Madre Muerte, soy la devoradora de cadáveres. ¿Quién haría esto sino yo, que soy el amor?

Entonces Azabel recuerda la lenta putrefacción del cuerpo del profesor Parada ocurrida en la oscura cavidad de su nicho. Y también a millones de muertos pudriéndose dentro y fuera de la tierra, en la profundidad de los bosques donde mueren los árboles y fieras y en la hondura del mar que acoge los cadáveres de las bestias marinas. Y en ese fenómeno inacabable ve el trabajo laborioso de la Madre que devora las formas sin vida y libera el polvo.

- Pero no solamente como y digiero la carne de mis criaturas – dice otra vez la bellísima dama - , sino también los músculos y huesos de materia divina de que está hecha toda esencia como tú, para liberarla del tormento de los vicios, traumas y demonios que han enfermando en ti mi naturaleza divinal. Viejas culturas me llaman en este aspecto terrible Hékate Proserpina, Terror de Amor y Ley. Y aunque en las almas infundo espanto, no dejan de reconocer la misteriosa y misericordiosa acción del amor, que con cruel coraje se traga seres enfermos, deformes, para comer sus deformidades, curar sus desvaríos y devolverlos sanos a los brazos y pechos de mis reinos en la naturaleza. No existe ningún dios, por más amoroso y lleno de bondad que sea, capaz de realizar este trabajo. Sólo yo tengo el amor suficiente para hacerlo. Considera cómo las hembras de muchos animales se comen a sus crías cuando nacen deformes o muertas. Ese es mi amor. Compréndelo para que puedas asir el poder y el sentido de esta fuerza que soy.

- ¿Y cuál es el vientre en el que tragas y digieres a las almas? – pregunta Azabel intrigada.

- El infierno – responde ella- , que se encuentra en las entrañas atómicas de la naturaleza.

Entonces, presa de terror y pánico, Azabel contempla que el valle se hunde como gigantesco embudo de paredes internas revestidas de innumerables, laberínticos senderos que discurren por sombríos parajes, túneles y cavernas donde pululan como en un hormiguero inauditamente inmenso hombres y mujeres que en procesión descienden pesadamente por el camino principal que en espiral se cierra mientras sube del fondo oscuro un vapor fétido y nauseabundo y una lluvia constante y amarga cae sobre esa triste humanidad.

- Esta ciudad en cuyo barro resbalan las llamas – dice ella mostrando a muchos que ruedan de espiral en espiral -, llega hasta el centro del planeta, en las infradimensiones. Así les ocurre a todos los que entran la muerte segunda. Que es cuando acabaron todos sus ciclos vitales. Y de allí salen purificadas a iniciar nuevamente otro ciclo de existencia con más coraje y experiencia.

domingo, junio 18, 2006

Azabel (tercera parte) capítulo IV


Contempla Azabel la vastedad del infinito universo y mirando a su alrededor se da cuenta de que se halla completamente sola. Vuela con su imaginación por aquella atmósfera azul. No sabe exactamente que hacer, por dónde empezar. Nuevamente viene a ella el recuerdo de Dionisio. Renace en su corazón el deseo de verlo y extiende su voluntad hacia la visión de la playa.

Una tras otra revientan las olas con mansedumbre y estiran con velocidad sus ágiles y espumosos dedos a todo lo largo de la inmensa playa y luego se retiran arrastrando la acuátil palma en movimiento sonoro de resaca, que semeja la expiración de un sueño profundo.

Ante la cabeza canosa y el rostro agotado cubierto de arena de Dionisio. Azabel se conmueve y de sus ojos fluyen lágrimas que resbalan por sus mejillas. La brisa marina agita sus cabellos y su túnica azul celeste. Se arrodilla ante el cuerpo inmóvil, sin saber cómo animarlo.

- En este cuerpo se resumen todos los cuerpos que a lo largo de muchas edades te dimos tu madre y yo.

Estas palabras sorprenden a Azabel, que se creía sola. A su lado están su Padre y su Madre. Detrás de ellos se divisa el acantilado sombrío, sobre él está un conjunto de ruinas. Algunos muros. Columnas rotas. Plintos y esculturas partidas aún sobre sus pedestales y cariátides por el suelo.

- Ese es el templo que debes reedificar en tres días y alcanzarás metas tan altas como aún no imaginas. No te afanes en preguntarte cómo. Es mi voluntad la que te llevará adelante, yo te inspiraré en tu constante anhelar. Sólo escúchate en tu silencio y déjate guiar. Vacía tu mente y escucha a tu corazón.

- Tendrás como guía y consuelo nuestra ayuda constante – dice la Madre-, y para ello tan sólo debe estar siempre en comunicación con nosotros a través de tu corazón. Pero ante todo, escucha bien, ésta es la clave que te hará poseedor del triunfo: Tres son las leyes que se deben cumplir. En ti mismo debes morir eliminando de tu naturaleza física y mental todo vicio y mal.

En un paisaje sumergido en tinieblas, iluminado por el resplandor rojizo de los incendios se libra una batalla. Dionisio pelea montado en un caballo negro, cubierto de una armadura de acero que brilla como un espejo acompañada por su padre que viste igual que su hijo y en cuyo corazón éste ve el resplandor sangriento del fuego que rompe la tiniebla. A todo galope cargan a la cabeza de un ejército de jinetes contra el enemigo que también carga sobre ellos gritando vestidos con armaduras de color oscuro, bajo sus flameantes estandartes negros. El choque es terrible. En breves momentos el campo se cubre de cadáveres ensangrentados. Galopa Dionisio mostrando en la mano derecha la cabeza decapitada de un rey de barba y cabellos negros, que pálida y atónita contempla con los abiertos ojos muertos su espantosa derrota.

- Luego debes nacer- continúa la Madre mientras la visión cambia inspirada por las palabras de la diosa. Nacer en toda la virtud de tu poder. Y convertirte en Hombre, a imagen y semejanza de tu Creador.

Se extinguen los crueles incendios. El campo de Marte es un campo sembrado de cadáveres. Clarea el amanecer sobre ese lago inmenso de ceniza. Una brisa que se difunde con la blanca luz arremolina la ceniza todavía humeante y la congrega. El horizonte se tiñe de lila y rojo. El soplo del aura activa las brasas y despierta el fuego. En lontananza las nubes semejan continentes navegado en un mar celeste. Crece el fuego de las cenizas y en un solo momento, juntos emergen al sol y la blanca cabeza de un Ave Fénix coronada por plumas de metales preciosos, en las que refulgen diamantes de todo color. Luego el fuego cristaliza en el pecho blanco y las alas azules que terminan en purpúreo y flamígero plumaje. El sol forma un arco violeta en cuyo campo abre el Fénix sus alas. Y cuando emerge la cola también azul de puntas rojas y bate el ave las alas la esfera solar se desprende de la tierra y rápidamente asciende por la atmósfera hacia el cenit. Finalmente cuando las patas doradas del ave brotan del fuego abre el pico de oro, canta y vuela poderosamente y sube, se eleva y se aleja, hasta que se sumerge en el sol confundiéndose con su elemento, porque renació del fuego y al fuego hubo de volver.

- Y esto harás por sacrificio a la doliente humanidad enseñando este saber con el ejemplo. Y de la impecabilidad con la que cumplas estas leyes, depende tu triunfo- concluye la Madre.

Del sol en cuyo seno se sumerge el Ave Fénix irradia una luz y un calor sobre el desierto de ceniza. Miles de huesos calcinados se mueven con estruendo profundo y vasto. Y cada hueso busca su hueso hasta formar un mar de millones de esqueletos. Sobre los huesos, semejantes a finas serpientes, suben nervios y tendones y de tierra se forman los músculos que luego cubre la piel. Y con los rayos que irradia el sol bajan flotando las plumas del Fénix de fuego y penetran en cada cadáver que vuelve a la vida habitado otra vez por su esencia. Un ejército inmenso de hombres levanta las frentes y mira con esperanza al Eterno y Absoluto Sol.

domingo, junio 11, 2006

Azabel (tercera parte) capítulo III


Al percatarse del estado afligido en el que Azabel se sumerge, abriendo sus fauces Anubis se acerca y habla. Y proyecta verbo imagen y emoción con las que Azabel despierta y comprende. Azabel olvida su aflicción y conmovida por la reminiscencia ve en las palabras del dios.

- Sabrás ahora Azabel porque en tu recuerdo queda, el viaje que has emprendido en día remoto desde el seno del Absoluto. En tu viaje experimentaste el existir en el verbo, en el sonido, en la música, en los colores, en las infinitas formas geométricas, así como en las expresiones matemáticas vivas. De cielo en cielo, de dimensión en dimensión, experimentaste la luz, la energía y la materia que siempre cambiante genera y regenera revistiendo la creación. Tú y contigo infinitas esencias, chispas vivas del fuego arquetípico y creador del Supremo Sol Absoluto, dan alma a este día cósmico. Día que se sumergirá en la gran noche que traga todo para el descanso y prepara el fuego para el nuevo día de otra creación, donde tú Azabel, después de haber hecho este viaje, tal vez hayas conocido en tu recóndita esencia, el ánimo que inspira a nuestro Creador y gloriosa participes entonces también como creadora, junto a muchos otros dioses creadores en los coros del fuego, en los rayos de fuerza, de creación, de orden, de amor y de ley. Y regirás a voluntad del Absoluto, un nuevo día.

Cuando Azabel ve con vívida imaginación este conocimiento y comprende su contenido, estimulada por un sentimiento de emoción superior, se esperanza rebosante de amor y nace en ella la fe de una convicción total.

- ¡Sí! – Exclama conmovida - ¡Así es! Recuerdo con tus palabras, aunque vagamente por cierto, mi origen que había olvidado y ahora sé, con fe plena, que mi destino es el que acabas de develar con tu verbo divino.

- Sin embargo – interviene el ángel Rabolú-, aún falta en tu desarrollo, que concluyas la etapa tal vez más difícil de tu viaje. Y es que en la plasmación del cuerpo humano, están los atributos solares que se deben regenerar primero y luego revolucionar. Es ese cuerpo humano de Dionisio en la playa, la madera que encierra la materia prima, de la plasmación de la chispa divina e ignota que eres, en un dios sabio y creador.

Al escuchar estas palabras Azabel, experimenta un dolor agudo que retuerce sus entrañas.

- Me has hecho recuerdo – le dice a Rabolú su abogado-, que ya no tengo cuerpo. ¿Qué oportunidad es ésta? Se me da el conocimiento cuando ya no tengo esperanzas.

- Dionisio era mortal, Azabel – dice de pronto su Padre Intimo, pero tú eres inmortal. Muchos días te esperan aún. Muchas oportunidades. ¡Arriba ese ánimo rebelde y luchador! Cuesta salvar el alma. Cuesta salvar al hombre y al horizonte. ¡Mantén siempre viva tu fe!, tu fe en ti misma, pues recuerda que eres eterna – y con estas palabras la consuela y disipa su amargura.

- En el mundo de Dionisio donde reina el mal de males- continua diciendo Rabolú imprimiendo siempre en sus palabras emoción e imagen – las fatigas, pasiones y anhelos mortales, han hecho del humano su presa. Allí los hombres se han convertido en carros que cargan sólo errores, defectos y falsas esperanzas, guiados por una manera o costumbre de obrar, a la que llaman personalidad, hija de un tiempo y que como tú pudiste experimentarlo, mientras se desintegraba la del profesor Parada, se deshace junto al polvo del que están formados aquellos cuerpos. Y en el laberinto en el que esas gentes viven, las esencias duermen un sueño letal, confundidas y olvidas del viaje que un amanecer remoto, alborozadas emprendieron para conocerse a sí mismas y regresar al seno del Padre convertidas en reyes poseedores del conocimiento absoluto.

Y Azabel. Recuerda las crepitaciones y resplandores de una hoguera prodigiosa, que difunde en ámbito creciente de luz, multitud infinita de corpúsculos atómicos, de los que emergen celestes señores, que de azul celeste tiñen la luz, la cual se expande ampliando el vientre de su manifestación. Recuerda también que a medida, que cada una de aquellas esferas atómicas, penetra en la oscuridad del caos, se aleja de la hoguera original y se va quedando sola. Y también cómo son invadidas por extrañas tinieblas y cómo enceguecidas, se pierden y caminan a la deriva cada vez más apagadas.

- Y es que allí – dice Rabolú, en esos mundos las almas vagan con sus cuerpos de vida en vida, de muerte en muerte, identificadas tan solo con sus cuerpos físicos y sus nombres planetarios, olvidando incluso sus divinos nombres y sin ver una puerta de salida, ni un camino de regreso. Crees Azabel, que la luz del conocimiento llega tarde a ti. Sin embargo es éste el momento inicial de tu camino de regeneración. Crees haber llegado al final del camino y apenas comienzas a hacerlo.

Pasa por la mente de Azabel la incertidumbre de cómo hacerlo. No sabría ni siquiera cómo empezar, pero antes de pronunciar las palabras de su pregunta, el dios levantando su diestra, señala con un dedo el firmamento que corona el techo del tribunal.

- Ahora que está restablecida en ti la luz de la fe y la comprensión, vas a regresar. -¿Y puedo elegir libremente cualquier punto de este infinito universo como retorno a mi camino?- No, Azabel. Solo los maestros eligen las condiciones para un nuevo retorno, pues ellos están despiertos por su trabajo y ellos saben lo que les conviene para ascender en el escalafón de grados y grados, de dioses y dioses de infinito poder. Pero la grey debe de asumir el lugar y las condiciones que mereció por sus actos. O como crees que se dan las circunstancias de que nazca un ser humano sin pies o ciego. O se quede paralítico de una enfermedad, o de un accidente que aparentemente no provocó. Las gentes completamente identificadas con esos problemas, se duermen totalmente y sufren sus mentes sintiéndose muy desgraciados por su “mala suerte”. Sin recordar que ellos no son su cuerpo físico, si no que éste es su vehículo temporal, para poder trabajar en la gran obra de la revolución interna. De su propio ser.

Tienes que recordar siempre quien eres en realidad, para tal efecto, tu Padre y tu Madre internos te hablarán y te darán consejos continuamente. Y si pides ayuda los maestros reencarnados siempre estarán ahí escuchando para prestarte su ayuda. Recuerda que si sufres es que te estas identificando con las cosas del diario vivir, la Esencia no sufre, repito, la que sufre es la mente, ella se hace la victima.

miércoles, mayo 31, 2006

Azabel (tercera parte) capítulo II


De pronto sopla una atmósfera húmeda, un viento fuerte y se ve detrás de las columnas que sostienen el templo, un mar embravecido. Los dioses miran el inusitado y repentino evento. Masas de nubes oscuras ruedan en el espacio y se agolpan en tumultos que chocan y lanzan rayos. Los truenos caen como enormes rocas rodando por una quebrada de granito hasta valles lejanos. Pareciera que aquel mar está revuelto desde su fondo mismo, por olas enormes que crecen y corren con rabia las unas detrás de las otras, hasta estrellarse con estruendo tremendo contra el acantilado sobre el que se yerguen las ruinas de un templo.

- ¡Allí! – señala Anubis con el índice de su diestra gigantesca, que parece que se proyecta y toca un punto entre las olas.

Todos miran y ven una hermosa y blanca barca; blanca la barca, blancas las velas y dorado el alto y erguido mástil. Un solitario piloto procura dominar en vano su nave zarandeada por la tempestad. Su velamen está totalmente desgarrado. De pronto el golpe de una ola la vuelca y a su impacto se desprende el mástil y la barca cae desde la cresta de una ola por un hondo precipicio y se hunde. Una exclamación de angustia brota de la garganta de Azabel. El muro de agua se desploma sobre sí mismo y se vuelve a levantar como una cordillera joven de cumbres coronadas de bullente espuma. Y allí se vuelve a divisar al piloto junto al mástil.

Azabel mira perpleja, conmovida, el drama de ese hombre que lucha por sobrevivir desesperadamente. Siente crecer en su pecho una emocionada congoja y experimenta la angustia del náufrago. Quiere que se salve, que alguien lo ayude. Y nuevamente éste se precipita por la pared de la montaña acuátil y mientras cae logra aferrarse al mástil, pero el mismo peso del agua que en avalancha cae, los precipita hacia lo profundo. Y ambos desaparecen.

Azabel siente un vacío, un hueco que le oprime el corazón. Sin pensarlo se siente unida al náufrago y siente que irremediablemente algo se ha perdido sin alcanzar a saber qué. Sin embargo, esperanzada, contempla las aguas, que después de un instante interminable devuelven a la superficie pedazos y astillas de la barca. También emerge el mástil y aferrado fuertemente a él emerge el hombre del fondo espumoso al que se ha reducido la gigantesca ola. Y otra vez es enviado a lo alto por otra que brota con brutal poder desde la profundidad, para desintegrarse convertida en espuma hirviente bajo el cielo que se ilumina con los relámpagos y se llena con el estampido de los rayos y el ulular rabioso del viento.

Repentinamente Azabel cree reconocer a Dionisio. Entonces el alma se conmociona y desesperada hace fuerza para que luche mientras ella desea salvarlo. Las olas lo arrastran con fuerza y velocidad tremendas, en vuelo sobre sus crestas mientras él mira espantado, que las peñas se le vienen de frente. Azabel pierde la noción del sitio donde está y del motivo que la tiene ahí, para concentrarse completamente en la odisea de Dionisio. Desea con todas sus fuerzas que éste no desfallezca, que cobre coraje y sobre todo fe. Quisiera infundirle ánimo, esperanzas y por sobre todo salvarle la vida. “¡Que no muera!”, se repite a sí misma y al cabo surge una identificación entre ambos, una comunión que Dionisio siente al ver que renacen su rebeldía y sus ganas de vivir. Entonces deja de temer y se inflama con el coraje y la determinación de Azabel.

Mientras tanto los dioses han dejado de prestar atención a la visión para volcar sus miradas sobre el alma y contentos contemplan como se restituye desde la profundidad en Azabel, el valor del don de la vida en su cuerpo humano.

Al fin, después de ser llevado a la deriva por las olas, el mar termina arrojando a Dionisio y al mástil en una playa. Azabel no sabe si alegrarse o entristecerse. Ve el cuerpo y al mástil varados en la playa y no sabe si está con vida aún. Y en ese momento, los ángeles del destino ven que en la materia viva de Azabel, se producen extraordinarias transformaciones. Ven corrientes luminosas de átomos que fluyen y refluyen, acomodándose en las órbitas de nuevas constelaciones de una nueva escala de valores. Y de ese universo misterioso, divino y humano a la vez, brota una luz de gran belleza.

Azabel comprende profundamente lo que está pasando. Mira el cuero exánime de Dionisio y se arrepiente. ¡Qué no diera ella por revivir esa vida que los dioses pusieron en sus manos! Por recuperar ese cuerpo al que la espuma del mar todavía lame con su sal. La tempestad amaina. Deja de llover y los rayos del sol penetran en amplios haces de luz dorada, que dispersa el tumulto de nubes que se alejan como bestias mitológicas navegando en el éter celeste.

Siente sobre sí Azabel la mirada de los dioses y con ella se siente como una extensión de ellos. Mira el cuerpo de Dionisio en la playa y se extiende hacia él, con el ánimo resuelto de salvarlo….

- ¡Detente Azabel! – Se escucha el poderoso verbo de Rabolú y dice mientras la visión desaparece- Hemos visto comprensión, arrepentimiento y fe, que era lo que se quería en Azabel.

Sonríen los dioses en sus tronos de mármol.

Toma la palabra el Kaón y dice:

- Todas las acciones del universo y sus seres tienen forma de causa y efecto. Aquí se puede ver descaradamente en imágenes como las que viste, el proceso interno de los seres que comparecen en estos estrados. Hemos visto tu propio drama Azabel. El cuerpo que yace en la playa, es todo lo que queda de ti después de que el mar de tus pasiones hizo naufragar tu vida. Te salvó aferrarte el mástil. Si no lo hubieras hecho, Dionisio hubiera sido tragado por las olas irremediablemente. Toda tu vida pasada se ha derrumbado y estrellado contra el acantilado de tus estructuras mentales. Ya no queda nada, sólo tú.

Entonces el alma se siente completamente sola; triste agobio viste su pena; sólo brilla con fuerza la comprensión de la consecuencia de sus actos y el arrepentimiento.

lunes, mayo 22, 2006

Azabel (Tercera parte) capitulo I

Después de las últimas palabras que pronuncia el Kaón, el recinto se sumerge en un silencio inmenso, terrible y profundo y todo lo dicho se consolida en el corazón de Azabel. Mientras tanto en éste se operan extraños sucesos. Los señores de la Justicia, se inclinan con repentino interés sobre el acusado, desde sus altos sitiales y ven que en virtud del juicio que hasta ahora se le ha hecho, han caído los últimos átomos de polvo que se adherían a Azabel y ahora está naciendo desde su entraña, una luz fantástica que los llena de alegría. Y la luminosidad, que brota de una llama recóndita y alumbra el mármol de sus formas humanas, constituye precisamente la particularidad del ser de Azabel, que añade al nacer su tono y matiz singular a la conciencia del Todo. De ahí el interés de los dioses.

Luego Anubis se pone de pie y dice:

- Azabel, alma humana de tu glorioso Ser, han caído los últimos velos y errores que extraviaron tu existencia terrena. Ahora que has comprendido los errores cometidos, así como juzgamos tu vida, ahora juzgaremos tu muerte, porque con ella has violado e interrumpido las leyes que aquí mismo señalamos, para que rigiendo tu existencia planetaria, logren estimular en ti el nacimiento de anhelos y esfuerzos para alcanzar tu desarrollo.

Enseguida se vuelve a Rabolú, que permanece sentado en su trono, atento, serio, solemne como escultura colosal.

- Por su voluntad – dice Anubis- y en su calidad de abanderado de la ciencia y de guardián de la obra, el ángel Rabolú asume tu defensa.

Luego se sienta. Después de minuciosa revisión de los registros que lleva Sandalphón en su libro, el dios Kaón desde su estrado situado bajo el trono inmenso de Anubis, dice:

- Azabel.- El delito de suicidio que perpetró Dionisio Parada, vehículo de tu manifestación planetaria, tiene dos aspectos que es necesario debatir. Primero: A pesar del libre albedrío que distingue a los hombres del resto de las criaturas de la naturaleza, no está éste autorizado para quitarse la vida. El cuidado, defensa y protección del cuerpo físico, es un deber de máxima importancia, porque es la base sobre la que se asienta toda la estructura del templo, es la tierra filosofal de mayor densidad, donde descansa el cimiento. La piedra angular está en él y en ella, en su recóndita entraña sexual, mora el germen del hombre solar, depositado allí por nuestro Padre Absoluto Común.

“Segundo: El suicidio cometido en navidades, atenta contra la misericordia del Cristo, que siendo como es, la energía ígnea etérica universal, que en esta fecha, abre una brecha dimensional a través de la cual bajan las irradiaciones de amor y buena voluntad del Hijo, hacia la triste humanidad, con el propósito de despertar en ella, un impulso común de regeneración mundial, energía ésta encarnada por el Maestro Jesús, el maestro Sidharta y tantos otros. El suicidio de Dionisio Parada, hirió esa oportunidad, que no sólo era para él, sino también para su familia, así como para toda su especie.”

- Dionisio Parada creyó que al matarse – dice entonces el Ángel Rabolú con verbo potente-, eliminaba al enemigo secreto que minaba su fuerza, que envenenaba su vida y se alimentaba de su carne; Sin embargo. Su delito es el fruto combinado de la impaciencia, la falta de fe, la mala voluntad y la ignorancia. Se puede juzgar a quien peca por ignorancia, pero no se le puede condenar, sin darle antes el conocimiento, para que tenga la oportunidad de redimirse.

La defensa pronunciada por el ángel Rabolú a favor de Azabel, produce un murmullo que corre entre los seres del tribunal. Los dioses consultan y comentan entre ellos.

- Sin embargo –dice Anubis imponiendo respetuoso silencio-, es necesario que Azabel tome conciencia, en forma íntegra de la gravedad de su delito, a fin de que arda en ella el arrepentimiento, sin el cual no podría alcanzar la misericordia, columna que junto a la justicia, sostiene este templo de la ley cósmica.

Mientras tanto Azabel, admira la solemnidad de la escena, las sabias y armoniosas palabras de los dioses, cuyos verbos y afirmaciones son tan exactos, tan perfectos, que no hacen (así le parece a ella) otra cosa que crear, recrear, establecer, dictar en el eterno presente, las leyes y normas vivas que sostienen la creación firme en su marcha. Cada frase es como una roca que cimenta y reafirma el fondo y la estructura. Cada palabra suena con sonido tan rotundo y resuena con eco tan misterioso, que semeja un arpegio, el cual se difunde por la vastedad del vientre, contenedor del espacio que ocupan las dimensiones, los seres y los mundos. Allí está el enigmático Kaón, de pie detrás de la balaustrada de mármol, severo, acusador, perfecta voz de la conciencia humana. Semeja en su sitial bajo Anubis, la proyección proporcional de éste. Y los señores de la Ley, casi tan grandes y gloriosos como su Jerarca, dioses cuyos ojos terribles de justicia, son tiernos en su misericordia e incitan a toda esencia que allí comparece, a la comprensión más profunda. Movimientos serenos y pausados, que son danza. Y su quietud escultura. ¿Cómo encontrar mayor paz, armonía y luz? Y sin embargo se aíran, se indignan y con fuerza y energía inusitada, restablecen el orden de las cosas en el Universo, cuando alguna pasión voluntaria introduce el desorden, mal desencadenador de graves consecuencias para todos.

domingo, mayo 21, 2006

Azabel (segunda parte) capítulo IX


Por fin el cuerpo está seco. De lo que fuera Dionisio Parada ya solo queda un esquelete cubierto de carroña. Una tierra negra, sujeta aún a las costillas como frágil telaraña, es lo que queda del corazón y los pulmones. Sobre los huesos se resquebraja el barro de un pergamino cubierto de símbolos misteriosos, donde un sabio podría leer la historia recóndita de lo que fue esta vida. Tal vez de allí fluye aún el aroma que embalsama el aire nuevamente frío de la sepultura. La piel endurecida que lentamente se convierte en polvo, se parte y cae produciendo un estruendo inaudible, apagado. Semejante a un extraño continente cubierto de tinieblas, de viejas cordilleras y áridas planicies, de muertos países, donde ardieron bosques y los mares se secaron, que se derrumba sobre si mismo como forma sin contenido y se hunde en un mar de silencio y vacío, de esa manera el cuerpo de Parada se va derruyendo por dentro y por fuera.

Incansable, la personalidad va y viene en la vida que su fantasía ha forjado. El sepulcro es su habitación. Pero ella lo inunda con la luz de su recuerdo y ve en la estancia su cama. Su casa. Su comedorcito. Y caminan con la rutina de siempre Mariana y sus tres hijos, haciendo y diciendo lo de siempre. A veces sale. Va al colegio. Imparte clases. Recuerda todo y todos saludan a su paso:”¡Qué tal profesor Parada!”. Y la personalidad se inclina semejante a un ganso cuando encuentra a un congénere y emite con grave seriedad su asmático graznido. Las tristezas y dolores de siempre. La sufriente sensación de frustración, que permanentemente vaga por su ánimo ficticio, complace su existir y le prestan plenitud. Y en las calles, avenidas y atestados edificios del cementerio, no es raro que encuentre viejos amigos y con ellos converse a la sombra de un pino, mientras flota en la atmósfera, una vieja coqueta envuelta en una nube rosada, como una gata vanidosa recostada en suaves almohadones, mirándose en un espejo, soñando en plena muerte que es bella hasta la eternidad.

Al secarse la médula, nervios, tendones y cartílagos, al derrumbarse los músculos en oscuros terrones, los huesos se sueltan y lentamente el esqueleto se desarticula. Las cuencas se hunden hasta la nada. Y llega el instante en que cae la mandíbula. Ruedan al fondo los granos de tierra y se parten en fracciones atómicas de polvo liberado. Cae la tierra sobre la tierra así como arde el fuego, el aire circula y el agua vuelve al agua y al caer produce un terremoto que desintegra sin remisión el mundo conocido. Y en esa desintegración perece la pereza que se aferraba al barro, perece la inercia que entumecía la carne y el alma del músculo.

Así transcurre la vana existencia de la personalidad. Sin pena ni gloria. Sin cambio, porque todo en ella es recuerdo. Y de recuerdo en recuerdo, de memoria en memoria camina, se agita y cansa porque es de ella misma que se alimenta. Y así alguna vez Mariana, sus hijos o sus amigos recuerdan al suicida. Allí está Parada dispuesto a escuchar la charla y se alimenta de palabras que despiertan el eco de otras memorias donde acude feliz. Porque la personalidad del profesor no vive sino de memorias, pero ese vivir sin vivir, agota su sustancia y lentamente olvida y poco a poco muere. Se desintegra. Y se convierte en polvareda cósmica.

El cráneo está hueco. El cerebro convertido en velos desgarrados donde ya no queda ni al idea de lo que fue. Los últimos tenaces pensamientos, tienen refugio en la osamenta. Pero también la muerte hurga en los huesos y su aire sopla un solo de flauta, entre las fíbulas que se astillan y ejecuta una fuga entre las costillas que se hunden como tizones cenicientos. Su presente es el recuerdo, su alimento la memoria. Por eso camina hacia el pasado buscando conmemorar para comer. Y en ese viaje memorativo, olvida a sus hijos, a Mariana y sus colegas, sus clases como profesor y los tiernos devaneos de su fe adolescente y defraudada. Hasta que ya no recuerda. Su cuerpo de niño se mueve como una sombra percibiendo sus juegos, recreando el bullicio y el ceño severo de su primer maestro. De pronto se hunde el cráneo como ánfora de barro humedecido. Aplastando arañas solitarias caen los pedazos. Tenaces fémures, tibias y vértebras se derruyen entre el polvo. Los últimos meses son los primeros días. El fantasma hambriento y dulce se mece como una criatura y va entre muros detrás de un eco. Ya casi es puro olvido. Persigue el reflejo suavemente apagado de sensaciones, de una emoción… Todo vuelve al polvo. Polvo fue y en polvo se convierte. Al fin se hunde en el vientre del olvido y un viento se lleva el polvo donde duerme el llanto de un remoto renacer.

jueves, mayo 18, 2006

Azabel (segunda parte) capitulo VIII

Cada célula, atesora una gotita molecular de agua. Así el cuerpo de Parada, palidecido por la muerte, es un mar helado en el que no brilla más la vida. Universo apagado, sin estrellas, vientre fecundo en ideas, pasiones e intereses nobles, convertido ahora en tumba y podridero. Cuando el fuego secreto del rayo de la muerte actúa, el agua revienta sus recipientes y se desborda formando incontables, impetuosos riachuelos, ríos mansos, poderosos, vastas inundaciones, cataratas, lluvias y marejadas, remolinos y remansos. Viajan arrastradas por las aguas, las emociones de Parada como peces navegando en la profundidad. Tempestades de ira. Tempestades de odio. Pasiones desbordadas. Ríos de deseos. Mares de amor. Todo aquello que en vida vivía en las aguas, llueve en el cadáver como en un diluvio.

Aguas podridas que transportan materias muertas, inundan regiones que infectan con su pus. Finalmente se depositan en cuencas, valles y vastas hondonadas formando lagunas, lagos y mares de aguas densas, saladas y verdosas, donde reposan al fin la amargura, el llanto y la tristeza. O de aguas transparentes, dulces y frescas, almacenadas en noques umbrosos, preñadas aún de alegría. Lagunas rojas, amarillentas o azuladas en las que mueren la furia, la envidia y los demonios de la lujuria sentimental.

De los ojos, como llanto interno, se vierte el humor. Circula en él la corriente de las visiones que pudo ver en vida. Y en el fondo occipital del cráneo se une al pus del cerebro, donde pululan como gusanos los pensamientos.

El agua circula y cae a los abismos para formar mares donde hierve la vida y un oleaje denso y continuo baña las rocas óseas. Desde allí por el calor se liberan los átomos de las emociones. Queda en el éter sólo la energía emocional que se reintegra al corazón de la naturaleza.

Agua gris, metálica y hermética, fuego líquido y misterioso, el semen yace oculto en la negrura diabólica que lo envuelve. Se pudre la fornicación y devorada por los gusanos libera al fin el germen solar. Existe libertad sólo cuando hay muerte. El espíritu del agua circula y se reintegra a la corriente seminal de la vida.

martes, mayo 09, 2006

Azabel (segunda parte) capitulo VII

No sabe Azabel, la profundidad de las verdades sobre las que reflexionaba, porque todo en ellas le parece infinito, al grado en que bastaría cualquiera, como punto de partida para debelar todos los enigmas del universo. Y en ese estado se encuentra, cuando el Kaón prosigue la acusación:

- Azabel, ahora se te acusa – dice- de no haber desarrollado en ti, los principios originales depositados en tu inteligencia, para que con ellos salieras de la ignorancia y desarrollaras tu criterio, dentro del marco de tu propia Conciencia.

Cuando Azabel escucha esta acusación, se vuelve intrigada y mira al Kaón, que se percata, que no ha sido entendido. Entonces, con paciencia le explica:

- No hay crítica más atrevida, que la que un ignorante le hace a otro ignorante. Mucho criticaste sin poseer un criterio propio, fruto de la comprensión de ti misma, de tu mundo y de tu experiencia.

- Cuando critiqué – dice Azabel, lo hice con el ánimo de condenar la falsedad y la mentira de quienes se erguían como críticos, dando la medida justa sin conocerla; De los científicos, que mostraban verdades a medias… No podía quedarme tranquila y callada, viendo todo el daño que en aras de la ciencia, se comete en contra de la naturaleza.

- Es verdad – Interrumpe el Kaón- Y viendo en aquellos el error, tú te ensañaste en tus críticas. La ley comprende la ignorancia, pero no pasa por alto la crueldad y lo cierto es que aquellos científicos, munidos del saber defectuoso, de una ciencia que desconoce la naturaleza superior, no han sabido equilibrar sus conocimientos. Pero tú caíste en lo mismo. Como ellos, te empinaste en el sitial del ignorante ilustrado y erudito. Y como ellos, pontificaste sobre lo que desconoces. Es fácil criticar, porque no se conoce la dosis de mala fe que motiva tal actitud, porque de esa manera se evita el trabajo de investigar y encontrar la verdad. Si en vez de criticar, hubieras comprendido, en ti se habría desarrollado el criterio y con ello, en vez de criticas destructivas, hubieses dado consejos oportunos y habrías puesto verdad en la confusión en forma esclarecedora. ¿Comprendes?

Calla Azabel reflexivamente mientras asiente con la cabeza y entonces el Kaón prosigue enseñando:

- La naturaleza da a sus criaturas, a través de todas las épocas, los indicios del conocimiento absoluto, para que forjen la ciencia, que es el conocimiento de la esencia de las leyes, que rigen el universo y así mismo para que vuelquen hacia su propio desarrollo y en beneficio de toda la humanidad y del cosmos. Pero, lamentablemente, los incipientes conocimientos que poseen, los han ensoberbecido y enceguecido. Creen saberlo todo y ni siquiera saben cuanto desconocen, como tú, que al criticar, creías saber. Pero recuerda toda tu experiencia humana y contesta, Azabel: ¿Qué sabes? De toda tu experiencia ¿cuál es tu sabiduría?

Y Azabel ve en su interioridad, en su recuerdo, los fenómenos del mundo que habitara Dionisio. Vio la devastación de los bosques. El curso de los ríos muertos, desembocando en los mares muertos; la atmósfera saturándose de humo; las pesadas urbes de cemento, alrededor de las que crecen los desiertos; el exterminio de especies vegetales y animales, las torturas encubiertas de experimentos, en nombre de una mal llamada ciencia; el brote de misteriosas enfermedades; el crimen, el hambre, la guerra. Ve también, en la pantalla de su imaginación, grotescos ingenios metálicos, pesados, ruidosos, vomitando gases y fuego por al cola, tratando de ganar el espacio exterior. Y sobre las grises chimeneas de incontables fábricas, nubes tóxicas, generadoras de graves problemas, para la salud de los seres de ese planeta. Ve seres feos, malvados, viciosos. Ejecutivos y políticos, contando codiciosos beneficios y entre ellos narcotraficantes; legiones de tristes drogadictos; estridentes y horribles músicas, cuyos sonidos emergen de los lugares más sórdidos de la mente humana y hacen danzar como imbéciles y locos a jóvenes y niños. Ve pantallas de televisores de todos los tamaños, de las que salen arañas, ratas, sombras, fríos, ardores, penes, senos y cucarachas que se introducen nuevamente en sexos abiertos como rojas heridas. Ve largas, interminables columnas de estudiantes de todas las edades, niños, jóvenes, universitarios, que marchan hacia aulas como tumbas, a llenar sus cerebros de conceptos intelectuales y errores arrastrados en las enciclopedias. Ve cómo aprenden políticas inmorales, artes degenerados. Ve cómo en los colegios y universidades les destrozan la imaginación y la creatividad convirtiéndolos en autómatas, dirigidos a ocupar un puesto predeterminado, en el sistema de producción y consumo. Y en un aula lúgubre ve a Dionisio, desorientado, impartiendo lecciones de filosofía que no vienen al caso, en forma repetitiva, mecánica, como un loro que repite frases que no entiende.

De pronto todo calla. Todo se va. Y cuando queda sola, Azabel experimenta el alivio del silencio y el vacío que siempre quiso alcanzar. “Es cierto- piensa-. No sé nada. Estoy vacía”.

Pero repentinamente escucha un toque de tambores que se acerca y un sonido, como de una cascada, que crece y disminuye, sucesivamente. Son aplausos. Los tambores redoblan y cesan.

- ¡Señoras y señores!-Grita un tipo - ¡Tengo el honor de presentarles a los campeones, a los Reyes del circo! ¡El Arte y la Cultura Contemporáneos!

Y de un carro blindado baja un matrimonio, son dos personas indefinidas pintarrajeadas, saludando. Se escucha un ¡Ooooh! Multitudinario seguido de una granizada de aplausos. Y el murmullo interminable de los críticos, que semeja mandíbulas de langostas masticando voraces. De pronto, semejante a un grillo gigantesco, con el pecho bien inflado de soberbia y desdén, Dionisio Parada lanza un rayo sobre la escena y el Arte y la Cultura Contemporáneos corren bajo un aguacero repentino, llorando su desgracia hasta sumergirse en una enorme cloaca.

Nuevo silencio. Nuevo vacío. Azabel retorna al juicio cuando escucha la voz del Kaón, que dice:

- Hemos visto en síntesis Azabel, las imágenes correspondientes a fragmentos de tu experiencia y sólo el recuerdo de lo vivido, sirve de vientre para la comprensión. ¿Qué nos puedes decir Azabel, de aquella experiencia?

- Que fue una experiencia deprimente- responde el Alma-, en un mundo decadente sin principios ni cultura. Allí no se podía construir nada. Allí no se podía vivir – y calla apesadumbrada.

- Existe en la interioridad de todo ser humano – dice entonces el dios-, una semilla oculta que se debe cultivar. Aquel que hace un culto de lo oculto que duerme en su tierra interior filosofal, se convierte en un hombre culto, en alguien que cultiva la semilla de sus virtudes. Estas virtudes desarrolladas tienen el poder de liberar al ser humano y de plasmarse en su naturaleza externa, de forjar por ley de similitud, un mundo de belleza y arte correspondiente al que ha creado en su universo interior. Así nacen las grandes y nobles culturas creadas por seres libres, que con todo derecho pueden llamarse Hombres.

“Pero está también en el libre albedrío, el cultivar la semilla de los defectos y el crear con eso una cultura de la destrucción de los valores. Y por la ley de correspondencia también estas culturas se plasman en el mundo exterior; y así los humanos destruyen la naturaleza que los circunda, tal como destruyeron su naturaleza psíquica interior.”

- ¡Por eso combatí y me rebelé y no quise vivir! – exclama Azabel.

- ¡No combatiste nada! ¡Ni te rebelaste! Te uniste, a tu manera, a la corriente degenerada de tu mundo. ¡Despierta, Azabel! Aun sigues identificada con el rol de actuación, que te tocó por breve tiempo en aquel teatro del mundo. Tú eres Azabel, un alma, principio y fin divino y eterno y te crees que eres Dionisio Parada, ese no era más que tu vehículo físico tridimensional y estaba sometido a leyes inferiores, que las que hay aquí, por ejemplo: El cronos, que hace caducar las cosas. Ahora estás aquí, para responder por los cargos que se te imputan de esa existencia, a la que tú debiste imprimir impulsos impecables. Pero he aquí que la personalidad que quedó en el cementerio, que es temporal y efímera como todas, se creyó muy original, distinta a las demás, se irguió orgullosa para juzgar criticar y apuntar (como acabas de verlo), sin haber intentado jamás, cultivar la semilla oculta en tu tierra. Y eso lo permitiste tú, Azabel. Por eso no eres culta. Pecas de ignorancia. En ti todo está por ser. Es fácil lavarse las manos y creerse inocente de la podredumbre del mundo. Y en ello se te acusa de pereza y de mala voluntad, porque no hiciste nada por ti, ni por tus semejantes; Y de codicia, porque pretendiste para ti méritos que no merecías; Y de ira y de violencia, porque atentaste contra los valores, que te fueron otorgados como capital, para que crearas en ti un verdadero Hombre. Y he aquí, que más bien regresas con tus manos vacías, sin las vestimentas adecuadas, mellada tu conciencia, dormida tu inteligencia, identificada con un mundo efímero. ¡Los dioses son testigos!

- Has luchado –acepta el Kaón-, pero sin frutos. Has luchado confusamente, soberbia e impacientemente. No supiste desarrollar en ti la maravillosa ciencia de la paz y desesperaste hasta el suicidio. La pereza se rinde en impaciencia y adviene la desesperación. Y en ese estado es imposible crear algo y mucho menos, la obra de arte maestra que es el Hombre, Base para forjar en la Fragua de Vulcano, el Superhombre.

- Yo traté de realizar obras de arte dignas-.

- Tu codicia no te permite ver, que la clave del arte está, en convertirse uno mismo en la obra. En el arte debe haber equilibrio entre forma y contenido, donde mora la belleza. Cuando ésta es fuerte y clara, cualquier forma se adecua. Y mejor si es sencilla. De mensaje claro en sus formas. Así, el contenido trasluce vivo a través de la materia que lo alberga. El contenido lo da la calidad del espíritu del artista. Pero si en éste, reina la cultura de la destrucción de los valores. Donde no hay orden y no existe belleza, eso, juntamente se plasma en formas de técnicas sofisticadas, complicadas y vacías. Finalmente, el arte es el manejo sabio del fuego de la creación. Pero para crear tiene el artista que poseer este fuego. Y para poseerlo, tiene antes que encenderlo, contenerlo, manejarlo y dominarlo. Ese fuego es el arkeos, espíritu arquetípico que inspira, intuye e imagina incesantemente la creación.

En ese momento Azabel, presiente, siente y por último ve, presa de la emoción más exaltada, que dentro de sí misma, existe un templo remoto, sumergido en un proceloso y turbulento océano, infinito, profundo, inescrutable, que alberga otro templo dentro del que está el primero y un tercero en cuyo espacio está el segundo y luego un cuarto y así sucesivamente hasta el séptimo, inimaginablemente inmenso, donde los otros seis existen, los unos dentro de los otros. Los siete, reposan en los fondos rocosos, de siete océanos que se ínter penetran y confunden en un caos indescriptible. De pronto columnas de dioses ocupan los templos. Pequeños parecen los que se sientan en los bancos y coros del primer templo; inmensos como torres de luz los del séptimo. Cada uno se divide en tres grupos. Frente al altar, la derecha es ocupada por dioses, la izquierda por diosas y el coro por ángeles andróginos.

Enseguida comienzan a cantar los rituales del fuego. Entonces, se enciende en el centro de cada templo el fuego y con su luz y calor este arkeos, se irradia haciendo retroceder las tinieblas y se distinguen cada uno de los siete mares y cada una de las siete tierras sobre las que cada templo descansa.

- Cada templo de la Creación, está vivo en su forma y contenido. Escucha Azabel, mientras regresa de su visión, al escenario del tribunal de la justicia-. Cada columna de este tribunal, es la manifestación equilibrada de una ley, en la que se combina el contenido plasmado en la forma. Esta es simple, pura y el contenido, verdadera materia universal. Constituye el sólido cimiento, sobre el que descansa la cúpula, donde ruedan remotos los soles de la galaxia. Y fíjate en cada átomo de las columnas.

Entonces Azabel mira un punto del mármol vivo transparente de una columna y ve un sistema solemne de planetas, cuyo centro solar está habitado por un dios atómico que gobierna desde su templo corazón.

“Esta es la simiente – prosigue el Kaón- sobre la que se cimienta el templo de la creación.”

- Ahora comprendo todo – dice Azabel- con una mirada profunda-. Es más: siempre supe todo esto. E incluso recuerdo haberlo conocido.

- Lo recuerdas porque éste es tu origen. Y el origen de todas las cosas. El átomo vivo que viste en el mármol es un átomo de simiente cristónica. Todas estas columnas que sostienen este templo y todas sus formas constructivas, son cristalizaciones de ella y en cada átomo que las conforma, habita el germen de infinitas creaciones.

“Ahora que hay comprensión en tu seno- Continúa el Kaón- Y que la atmósfera de verdad de este templo, te ha devuelto el recuerdo de tu origen, recién ahora existe, la necesaria luz acogedora, para iniciarte en la verdad oculta y profunda de tus errores y de tu redención. Así como no puede enseñar nada, el que nada sabe, tampoco se puede enseñar a quien está sumergido en la confusión, la identificación con sus errores y el desorden. Quien no ha desarrollado suficientemente su espíritu en humildad, no alcanzaría a entender estas verdades, menos aún a comprenderlas, y ésta luz, sería para él oscuridad.

“Azabel, ahora debo hacerte la acusación más grave, porque es fuente de todos los errores: La fornicación en la que caíste. Pero a la vez, tengo que certificar tu intuición con respecto al sexo y felicitarte por ello. Tuviste razón al pensar que la fornicación contiene delito y al apartarte de ella mereciste, conocer la clave de la creación del universo. Mereciste conocer el origen, la fuente misma del amor y la materia prima, con la que el amor plasma sus obras. Porque aquel que quiera conocerse a sí mismo, debe empezar por su simiente, ya que el semen es el sumo del sumum del hombre. El ENS SÉMINIS, que todo lo genera y regenera. Por eso ahora, vas a conocer el poder ígneo del Espíritu Santo, (el sexo) explicado en todas las religiones y no entendido por sus enseñadores, que lo único que enseñan es la letra muerta, equivocando así, más y más a la humanidad, son como ciegos guiando a ciegos y todos van a parar al abismo. Porque nada en el universo es creado sin este poder. Este es el verdadero fuego con el que crean los dioses. Nada nace de teorías. Todo nace del sexo. Comprenderás ahora la naturaleza del pecado original, que arrastra la humanidad de su mundo de padres a hijos, todas las generaciones, olvidando su pecado y arrastrando su error. Comprenderás que el sexo es la piedra angular del templo para unos. Y para otros, piedra de tropiezo y motivo de escándalo. Comprenderás también, que del sexo nacen bestias y hombres, demonios y ángeles, redención y sabiduría, sufrimientos y enfermedades, es motivo de delicado cuidado, más no de escándalo ni mojigatería. Por él se genera, degeneran y regeneran todas las criaturas.

“Vamos a hablar de la simiente, que es la energía creadora, materia prima de todas las cosas. La simiente es el germen de la vida. En ella están depositados el poder de la perpetuación de la especie y de la superación espiritual del hombre. Tu semen, Azabel, es el sumum de todo lo que eres. Tu simiente es la suma de todo lo que piensas, deseas, haces y dices. En ella se sintetizan tu ser y saber.

“Si los humanos trabajaran en la Fragua de Vulcano, en la forja de los Cíclopes, éste tribunal les aplicaría una ley adecuada a la escala zoológica para juzgar sus actos, pero han convertido la fornicación en un vicio y con ella se han degenerado en todas las formas posibles. El ser humano, está en la cúspide de la creación. Por eso su simiente, no sólo sirve para perpetuar su especie. Con ella se pueden crear hombres, dioses, mundos, bestias y hasta demonios. Una vez derramada, inevitablemente crea. Y crea fantasmas atormentadores que son la viva personificación de los defectos y errores, de los traumas y complejos que luego habitan la mente y pululan en el corazón del infractor.

- ¡Por eso dejé de fornicar! – exclama Azabel

- Pero eso no basta. Rechazaste a tu esposa y el varón es creado para la mujer y la mujer para el varón.

- Pero dime – pregunta Azabel perpleja y angustiada-, ¿qué podía hacer? Toda la humanidad lo hace y nadie enseña lo contrario, sin embargo tú me dices que el varón y la mujer son creados el uno para el otro, pero cuando ambos se juntan necesariamente derraman su simiente.

- La humanidad fornica – contesta el Kaón-, más no todos. Y estas verdades del sexo son enseñadas, en los libros sagrados de verdadera filosofía de todos los tiempos, de todas las religiones y en todos los lugares, pero no hay peor sordo, que el que no quiere oir. El que desea encontrar esta sabiduría debe buscarla. Y el que en verdad la busque la encontrará, porque si bien se habla de ella por símbolos, no es inalcanzable. Pero déjame explicarte. El enamoramiento es la chispa. El verdadero amor nace y se crea en matrimonios que eligen la superación espiritual, como meta en sus vidas. El hombre y la mujer unidos sexualmente, se convierten en la unidad creadora. Si en este trance usan su voluntad e imaginación para transformar sus simientes en virtudes, lograrán con el tiempo plasmar el templo del espíritu en sus interioridades. Pero para eso es indispensable no derramar jamás, bajo ningún concepto, ni una sola gota del licor seminal. Así construirán sus templos desde los cimientos. La simiente es el cimiento. La piedra angular sobre la que se levanta toda la estructura del templo.

“Esta clave no es para que sea utilizada por todos pero sí todos deben conocerla, para definirse respecto a su destino; si algún humano siente y comprende esta verdad, debe clamar porque ésta cerca la luz. Y debe clamar porque la luz llegue a él. Ya que al que llama se le oye y al que pide se le da. Sólo al que pide cosas absurdas no se lo escucha por su bien.

“Así, pues, cimienta tu obra con tu simiente. En la semilla del hombre está el germen del amor. Pero no hablo del mal entendido amor del sentimentalismo, que tiende trampas y crea lazos de inextinguible dolor, bajo la forma de padres e hijos de fornicación; hablo del amor como la energía que mueve cada átomo, cada planeta, cada sol; que sostiene el universo firme en su marcha por el infinito, que alienta la vida en el corazón de un pajarito, como en el seno delicado de una flor, de una semilla y arde con espantoso estruendo en el centro de una estrella. El amor que, por lo tanto, tiene el poder de regenerar al ser humano.”

Y sobre todo recuerda, que hombre y mujer son iguales, aunque de naturaleza distinta.

EL Kaón mira en silencio a Azabel. Ella calla reflexivamente y el dios comprende que es sólo en el silencio de la reflexión íntima, donde la semilla de las verdades dichas, puede germinar en tranquila sabiduría, dentro de la experiencia de Azabel.

domingo, abril 30, 2006

Azabel (segunda parte) capítulo VI

Vientos vagos, recorren las regiones del cuerpo podrido de Parada. Gases espesos. Aromas flotan en lentos remolinos, palabras, ideas, pensamientos y recuerdos. Cada cual con su olor. Chocan odios y anhelos. Fetideces y perfumes. Gritos y susurros. De las llamas secretas, de la carne que se inmola en ellas, fluyen vapores con nostálgicos sentires.

Huyen hacia el espacio por las cuencas, pensares rebeldes que aún arden colmados de pasiones; Labios recitan doctrinas, lecciones olvidadas, viejos rencores que un día incubaron sus larvas entre libros.

Hojarasca de aventuras novelescas, desaparecen en la áspera, inaudita crepitación de sus relatos y se pierden para siempre, en la hondura de su atmósfera. Poemas. Frases, que tuvieron el poder, de arraigar en el cerebro y generar profundas convicciones. Todo es aire, humo, que la quema de la alquimia de la disolución, expulsa del cuerpo podrido. Humo aromático que embalsama el proceso de morir. Aire que vuelve al aire. Aire que canta y en su canto transporta, el recuerdo del verbo, que algún día será aspirado nuevamente.

Fluye de los huesos, la melodía de pensamientos más recónditos, que formó el esqueleto de su mundo. Aire rebelde que analizó errores y horrores. Y purificó su tono. Dulce y triste himno. Solo de flauta. Impetuoso arranque, vigorosa desenvoltura; Claro, colorido y sonoro final, he aquí que se consumen en silencio. Los átomos aéreos se sueltan de su estructura, como notas musicales, que retornan a la fuente de la inspiración, como pájaros que se desbandan para volar cada uno a su nido. Tal la liberación del aire y su espíritu. Se levantan vientos atormentados y recorren el cuerpo buscando salida. Lamen huesos. Se abren paso por los músculos, venas y tendones y hacen de cada poro un túnel y escapan lanzando lamentos. Y todo queda reducido a la nada. Y la nada vuelve al Todo.

sábado, abril 29, 2006

Azabel (segunda parte) capítulo V


La figura de Anubis, Padre de la Justicia, es extraordinariamente misteriosa. Sentado en su trono, con el ceño fruncido, presta al acto que preside una seriedad solemne. Habla y su garganta se convierte en una caverna de donde emerge su verbo, como si brotara de un abismo de carne luminosa y hambrienta.

- Comienza la acusación – dice-. Que pase el Kaón.

Y el Kaón, dios atómico, pasa ante el Tribunal de la Justicia Objetiva y dice:

- Azabel...

Cuando Dionisio escucha que Kaón lo llama con un nombre tan extraño e inesperado, se sorprende y mira detrás por si hay otra persona que esté siendo juzgada, además de él.

- Azabel – repite el Kaón y explica-: así te llamo porque ese es tu verdadero nombre. El nombre de tu naturaleza más profunda y recóndita. Aquí, te advierto, en este Tribunal de la Justicia Objetiva, todo está construido por la verdad misma. Aquí recordarás lo que has olvidado, y durante el juicio ten presente que estás desnuda. Aquí no se puede esconder nada.

Luego, ayudado por el libro que le presenta Sandalphón, el dios inicia la enumeración de los cargos que tiene contra el acusado:

- Azabel, en este Alto tribunal se te acusa de haber enfrentado tu existencia humana con injusta rebeldía e incomprensión inmisericorde. Con ella atentaste contra ti y contra tus semejantes y no supiste aprovechar la escuela de aprendizaje que se te dio, para que como ser, evolucionaras. Utilizaste la inteligencia vivaz y la justa rebeldía, instrumentos ambos de superación, para hacer análisis superficiales y subjetivos, de todos los eventos y circunstancias que experimentaste, encaminando tus pasos a conclusiones parcialmente ciertas, pero equivocadas. Permitiste que la soberbia y la incomprensión te irguieran como un juez tiránico de tu prójimo y de ti misma. Todo esto te hace responsable de graves errores, ante el veredicto de tu propia Conciencia.

El Kaón calla por un instante y mira penetrante y severo al acusado. Entonces Azabel, aún identificada con el temperamento rebelde que caracterizaba a Dionisio, protesta:

- ¡He obrado siempre de acuerdo a mi conciencia! Y eso es algo que ustedes no comprenderían. Por eso. ¡Sólo mi conciencia podría juzgarme!

- ¡Precisamente, Azabel!- responde el Kaón - , estás ante el tribunal de tu propia Conciencia.

- No puede ser – insiste Azabel – Ustedes deben ser dioses y yo no los conozco.

- Porque no te conoces a ti mismo. (Está escrito en el frontispicio del templo de Delfos). (UOMO COGNOSCETE IPSUM)

- No es cierto, yo me conozco más de los que ustedes podrían conocerme.

- Y mucho menos que lo que tu soberbia te hace suponer – responde el Kaón

Y Azabel reconoce esta verdad, porque a pesar de que es orgulloso, por encima de sus defectos se impone el anhelo de encontrar la verdad y sobreponiéndose, acepta lo que es cierto.

- Es verdad –dice, posiblemente no me conozca completamente, pero también es cierto que me conozco más, que muchos otros que se dicen y presumen de justos y sabios y hasta de religiosos.

- Azabel, Azabel… -dice el Kaón severamente-. Criticas, pero no tienes criterio. Juzgas, pero no posees juicio ni misericordia. Pides justicia para ti y escondes tu error en las culpas ajenas. Estás ante el Tribunal de la Justicia Divina y presumes de justo. ¿Crees que los dioses, con todo el poder y la gloria que los reviste, juzgan a los hombres? ¡Responde!

- Si –responde Azabel – Siendo poseedores de la verdad, pueden y deben hacerlo.

- Los Dioses no juzgan a los hombres – dice el Kaón - . Los comprenden. Y al comprender son justos porque se sitúan entre la justicia y la misericordia, que son los pilares donde se sostiene, el exacto equilibrio de la Ley, que sería tiránica si sólo fuera justa y cómplice si tuviera nada más que misericordia.

- En el cotidiano vivir- dice Azabel- , los humanos nos vemos obligados a juzgar, pues la única forma que tenemos de conocer a nuestros semejantes, es juzgándolos por sus actos, sólo así sabemos a qué atenernos.

- La única manera de conocer al prójimo es conociéndose a sí mismo. Ni tú ni nadie puede ni debe juzgar en este universo. Sólo este tribunal tiene la autoridad suficiente. A ti no se te dio la delicada y pesada misión de ser juez de tus semejantes.

- Pero – objeta Azabel - , es inherente a la naturaleza del género humano la búsqueda y la sed de justicia. …

- Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados-dice el dios. Y añade: Bienaventurado es quien clama por ser justo, para juzgarse a sí mismo y así tener juicio de sus actos. Pero tú quisiste juzgar a los demás y no juzgarte y ser justo contigo mismo. Por eso se te acusa de soberbia y falta de misericordia.

- He juzgado- dice Azabel-. Y no encuentro error al condenar la falsedad, de los que predican la doctrina del Cristo y las enseñanzas de la Biblia, por que ninguno de ellos practica lo que predica, ninguno de ellos encarna el espíritu del cristianismo puro, ninguno de….

Entonces el Kaón le interrumpe con un gesto y dice:

- Deja de juzgar y recuerda que estás aquí para ser juzgada. Y contesta ¿Encarnaste tú el espíritu del cristianismo puro? ¿Practicaste tú lo que criticas que otros no hicieron? Porque el punto de partida debiste ser tú misma. Examina porqué no encarnaste este ideal. ¿Qué fue lo que te lo impidió? Sólo así podías haber sabido por qué otros no lo hicieron. Y sin juzgarlos los hubieras comprendido y te hubieses conocido y los hubieras tolerado.

- Estaba en el camino de averiguar la verdad de las cosas – dice Azabel, pero el Kaón la interrumpe:

- La verdad se encuentra al recorrer el Camino, pero tú, te topaste con una dificultad que creíste insalvable y tu soberbia no te dejó ser tolerante contigo misma y resolviste suicidarte.

Y aquí se produce un silencio de muerte. (Nunca mejor dicho je je, lo siento no he podido evitarlo) Luego el Kaón continúa:

- El propósito de este juicio es que encuentres la verdad y puedas comprender la justicia de la sentencia que te espera. ¿Has comprendido?

El eco de la voz del Kaón aún resuena en los oídos de Azabel. La atmósfera del templo de la justicia, plana de átomos concientes de verdad, invade su ánimo alejando sus temores y aclarando sus dudas. Poco a poco se enciende la luz de la comprensión en su seno. Entonces contesta:

- Si. Ahora comprendo.

- Bien. Ahora proseguiremos con la acusación. Existen causas de causas detrás de cada acción humana, que si no se las alcanza a comprender, se cree saber que se obra con juicio y sabiendo lo que se hace y lo que se dice, sin adivinar siquiera que existen motivos ocultos, defectuosas inclinaciones, que no se alcanzan a distinguir. Y uno de los motivos defectuosos que tú alimentaste con tus críticas soberbias, fue la envidia.

- ¿Envidia? – protesta Azabel. ¡Nunca le tuve envidia a nadie!

- Recuerda – dice el Kaón- que juzgaste soberbiamente sobre el orden, el gobierno y la administración de los valores de tu mundo, creyéndote superior a tus semejantes y pensando que por ello tú lo harías mejor… La crítica y la soberbia tienen como causa la envidia y tú envidiaste cargos, posiciones y poder.

- Pero es cierta mi crítica – dice Azabel. Quienes gobiernan y administran no buscan la justicia sino el poder para beneficiarse.

- ¡Azabel! – el dios impone silencio. Incluso en este momento reaccionas con soberbia, dejando oculta la envidia que te impide ver el fondo de tu afirmación, que te parece cierta.

Entonces, por primera vez, Azabel detecta claramente en sus reacciones la soberbia, que tanto había caracterizado su vida y sus juicios. Y bajando un poco la cabeza, dice; “No logro ver, donde está la envidia…”

- En que tú hubieras querido ocupar esos cargos, porque te creías con más derecho y merecimiento, que cualquiera de ellos para ejercer el poder. Justificabas tu pretensión, con el argumento de que tus críticas eran justas y en el fondo deseabas y confirmabas en tu interior, la idea de que tú lo hubieses hecho mejor y que por lo tanto, tus semejantes hubieran vivido mejor bajo tu gobierno. Y ésta es la oculta pretensión, que impulsa a muchos a convertirse en tiranos y dictadores.

Y Azabel, ve descubiertos motivos ocultos, de sus pensamientos más íntimos, incluso aquellos que no hubiera querido confesarse, ni siquiera a sí misma, por lo cual asiente y dice: “Es cierto. Pero no deja de ser también cierto que la injusticia reina en el mundo”.

- Si haces la envidia a un lado verás la verdad – contesta el Kaón-. Verás que los hombres necesitan gobiernos porque no saben gobernarse a sí mismos. Verás que los pueblos merecen tener los gobiernos que tienen. Comprenderás que el hombre que sabe gobernarse no necesita ser gobernado y desecha el deseo amargo de gobernar. Porque es fundamentalmente libre.

- Entiendo, pero lo que no comprendo es que si no se puede juzgar, ni criticar, ni desear un cambio, sólo quedaría resignarse. Y eso significaría que los pueblos no tienen derecho a luchar por su felicidad.

- Si en verdad lucharan por su felicidad la tendrían, pero sólo luchan por sus intereses mezquinos y por hacer prevaler sus verdades personales. Si un pueblo no es feliz, es porque no lo merece. Los pueblos también son juzgados en este sitio.

- Todo ser en el universo – protesta Azabel- , merece ser feliz.

- Todos tienen el derecho y el deber de luchar por su felicidad – contesta el Dios-; pero sólo merecen ser felices aquellos que luchan por serlo. No se puede merecer sin méritos. Todos los seres humanos, son dotados de todas las condiciones y posibilidades, para emprender esta lucha y culminarla victoriosamente, sin embargo, casi nadie la emprende y los que lo hacen, lo hacen mezquinamente, con soberbia y pretenciosamente reclaman su victoria, como tú por ejemplo, que echaste a perder el cúmulo de dones, que te fueron otorgados para tu dicha y que decidiste arrancarte el don más preciado que tenías, como era tu vida humana. Aquí precisamente, ante este tribunal, las almas rinden cuentas de los dones que no utilizaron y de la felicidad que no obtuvieron. En otras palabras Azabel, claramente te digo: Aquí se juzgan a los seres humanos y a sus pueblos, por no haber sabido ser felices.

- ¿Cómo puede juzgarse a todo un pueblo? – pregunta Azabel perpleja.

- Como estás siendo juzgada tú- responde el Kaón-. En ti están siendo juzgados el cúmulo de valores que te conforman, en una unidad de características propias bajo tu nombre individual, Azabel. Los pueblos no son diferentes de ti. Estos están formados a su vez, por todos los individuos que los conforman y que constituyen a su vez, el cúmulo de valores concienciales, que los caracterizan bajo una unidad y un nombre. Y aquí no se juzga la cantidad sino la calidad. Así, cada pueblo depende de la calidad de sus miembros y esto es profundamente consecuente, porque los miembros hacen de un pueblo lo que es y recíprocamente cada pueblo forma luego a sus propios miembros. Así se juzga en cada persona a su pueblo, y de cada pueblo a sus personas.

- Mi pueblo en este caso- pregunta nuevamente Azabel- ¿Como sería juzgado?

- Tu pueblo, Azabel, es un pueblo que sufre, no por falta de valores, sino por una mala y egoísta utilización de sus valores más sagrados. Si el dolor tuviera el poder de redimir, esta humanidad triste hace mucho tiempo que estaría redimida. Si una parte importante de los individuos, que conforman la que era tu nación, quisiera revolucionarse, sería posible la esperanza de un cambio, pero…

En este punto Azabel se indigna y poniéndose de pie dice apuntando con el dedo al tribunal, que aunque inspira un respeto terrible, no produce miedo:

- Existen naciones felices que viven en la abundancia y sin embargo sus pobladores no son mejores que en el mío. ¡Todo lo contrario! Sus actos son malvados. Viven de la explotación de los débiles. ¿Cómo se explica eso?

Y se produce algo que Azabel no espera, porque Anubis mismo se pone en pie y habla:

- Azabel, Esencia divina que ha obtenido el don, de que le quiten los velos del error, tienes que saber que no existen pueblos felices en tu mundo. Lo que tú llamas abundancia, es mera acumulación de bienes materiales, obtenidos es cierto, a costa del abuso y la rapiña, pero también a costa de sus espíritus. Que sus riquezas aparentes no te engañen, porque su miseria espiritual es espantosa, inmensamente mayor a la de los pueblos que ellos llaman atrasados. Y ante la verdad objetiva, sus riquezas carecen absolutamente de valor. Igualmente sus diferencias ideológicas, raciales, religiosas, económicas, porque son absurdas. Así como oíste, que los pueblos están formados de personas, los mundos están formados de pueblos y las galaxias, de mundos y estas inmensidades, conforman pequeños tesoros de la divinidad. Ante esta magnitud, tales diferencias entre los hombres de tu pueblo y de tu mundo, sólo son fruto de sus errores y ante este tribunal, no tienen ningún valor, pues carecen de todo fundamento.

Dicho esto, Anubis se sienta. Azabel está turbada. Siente que en su pecho, se formulan con emoción vibrante, multitud de preguntas como bocas sedientas. Finalmente, todas sus interrogantes se resumen en una sola, que la tortura desde su juventud: ¿ Hay esperanza para la humanidad?

- Hay esperanza – dice el Kaón- para aquellos que revolucionen su Conciencia. Para aquellos que desarrollen la ciencia de la Verdad en ellos. Para el indigno, todas las puertas están cerradas, menos una: La del arrepentimiento. Si un hombre se arrepiente, obtiene la misericordia; si no, cae sobre él, el peso total de la justicia.

- La humanidad está convulsionada – dice Azabel- por revolucionarios que luchan a muerte por la justicia social. Entonces todavía hay esperanzas para la humanidad…

- Mucho ha batallado sobre la superficie de tu mundo, la cansada y testaruda humanidad y nunca ha llegado a nada. Los únicos verdaderos frutos que ha producido, son aquellos grandes seres, que de tanto en tanto encarnan en sus corazones la Verdad objetiva y la irradian a la humanidad, iniciando nuevas eras, nuevas épocas, nuevas religiones, principios filosóficos y arrastran tras de sí con verdadera fuerza, hombres dignos de fe, que en el final de su trayecto, los alcanzan coronando juntos a la obra magna de la naturaleza. Sólo gracias a ellos, aun hay esperanzas para la humanidad. Y es que debes comprender Azabel, que la única revolución, que da frutos verdaderos, es aquella que un hombre desencadena en su propia interioridad, con el propósito de aniquilar sus errores y defectos psicológicos, para liberar su Conciencia. Esta revolución es personal, voluntaria e invisible. Pero eficaz. ¿Cuándo van a aprender que lo que llaman revolución no es nada? ¿No se dan cuenta que en esas revoluciones hacia afuera, impera el asesinato, la violencia y que, así se ha visto muchas veces, a lo largo de su triste historia, terminan encumbrando nuevos tiranos, peores aún que los derrocados con tanta sangre? Luchan por bienes materiales, por eliminar el hambre de comida y satisfacer las necesidades del cuerpo, luchan por las diferencias entre individuos, luchan por caprichos absurdos. Peor no hacen nada para aniquilar el error, la codicia, la envidia, el odio, que son los tiranos del espíritu humano y el origen de la explotación, el hambre y las enfermedades que agobian a sus pueblos. Deben cuanto antes comprender que el cuerpo humano es efímero, como el de Dionisio, pero que el alma divina es inmortal, como tú, Azabel. ¿Ahora comprendes?

Y al preguntar el Kaón clava su mirada en los ojos sinceros de Azabel.

- Completamente – responde ella

- Bien. Queda ahora remarcar tus errores, con el fin de que no los olvides. Debiste luchar sin desmayar, para aniquilar todo aquello que esclavizaba la libertad de tu espíritu y así gobernar tu propia existencia. Y en vez de buscar un cambio en los demás, deberías de haber procurado cambiar tú. Porque es axiomáticamente cierto, que es inútil querer cambiar a la humanidad, sin antes haber cambiado uno mismo.

Entonces Azabel calla y se sumerge en la atmósfera plena de terribles verdades del tribunal y recuerda su vida y recuerda sus actos.... Y en silencio, se lamenta porque éste conocimiento le llega cuando ya es tarde para Dionisio.